¿La censura a quién beneficia?
Estás aquí porque el algoritmo no quería que llegaras. ¿La censura a quién beneficia? Más importante aún, ¿la censura cómo nos atraviesa? Porque no solo se trata de contenido.
Tiempo de lectura: 16 minutos.
Música para acompañar: Como la cigarra — Mercedes Sosa, Nada — Lido Pimienta (ft. Li Saumet) & Everything in Its Right Place — Radiohead & Another Brick in the Wall — PInk Floyd
Pantomima del silencio
Hace unos días me levanté de la cama como el meme de Morty a preguntarme “oye, ¿y si estoy con otro shadowban?”. Entonces fui a ver la notificación —esa notificación que no te acaricia, sino que se siente en el frío de las pantalla— de que mi cuenta en Instagram ha entrado en una especie de limbo existencial. Otra vez. Sí, otra pinche veeeeeeez. Estoy hartx, jefe.
Si bien no me cerraron la cuenta, quizás es peor.
El famoso shadowban, esa forma tan cobarde que tienen las plataformas de decirte:
Literal Instagram (o Tiktok, quien pinches gudstes) dice “sí, sí, juega con nosotrxs” y procede a darte el control del Nintendo desconectado.
Así que he decidido recoger mis triques; mis letras, mis cuerpxs y mis gemidos: mudarme a no habitar tanto esos espacios. Ya lo había estado haciendo, pero ahora creo que tendrá más énfasis. Todo mientras sigan con sus chingaderas.
Habitaremos más este blog, el Substack, el Telegram, el Nas, etc; los espacios donde el aire todavía no está tan filtrado por la moralina de un código binario diseñado en Silicon Valley y tu pedorra tía en la cena de Navidad. Porque si algo he aprendido es que la censura, por más que se vista de seda y “normas comunitarias”, siempre ha sido el juguete preferido de las élites para domesticar el deseo.
Censura buenaondita
Empecemos por lo obvio:
- Pasas de largo y ya está. No es como que esté bombardeando un país indefenso porque me creo la tierra prometida o el país dueño del mundo. ¿Cómo? ¿Con eso sí pasas de largo? Mira, tú…
- Me abordas y tenemos un intercambio amable de las posibilidades de un bienestar mutuo.
- Simplemente te vas. No resuenas con mi mensaje-esencia.
¿O tú qué opinas?
Además, insisto, cuando hablo de censura no hablo solo de “cosas sexosas”. Es toda una maquinaria de cosas de lo más absurdas que puedas imaginar. Me molesto mucho cuando las personas no lo entienden (o más bien, no compasionan) y dicen cosas como “bueno, abre otra cuenta y ya; bueno, vete a otra red social y ya; bueno, pues es que deja de subir ese tipo de cosas”. Entiendo, no lo viven. No se imaginan lo que es. Porque, otra vez, no es “solo cosas sexosas”.
La censura, en su núcleo, una pantomima para “buenonditas”. ¿Alguna vez te has detenido a pensar en lo absurdo que es el sonido del “piii” sobre una grosería en la televisión/radio/contenido digital? Es un performance de la decencia. ¿O qué pasa si escribo ch1ng/’s a tu padr3?
Todo el mundo sabe qué palabra se dijo; el cerebro la completa automáticamente. El censor no está ocultando la información, está marcando territorio. Está diciendo:
Es como ponerle una franja negra en los ojos a unx criminal en el periódico o el supuesto “Nombre N”. No sirve para proteger su identidad —muchas veces es obvio quién es—, sirve para crear un aura de “peligro controlado”.
La censura me parece que muchas veces no elimina lo censurado; lo rodea de un marco de neón de bar de malamuerte que dice: “¡Miren aquí, esto es lo prohibido!”. Como bien sabemos, nada genera más morbo que una puerta cerrada con un cartel de “No pasar”. No pienses en un elefante rosa ̶c̶h̶u̶p̶a̶n̶d̶o̶ ̶p̶i̶t̶o̶.
La censura quizás puede ser un insulto a nuestra tomo de consciencia (y hasta nuestra responsabilidad compartida). Es una simulación de orden en un mundo que parece caerse a pedazos. Es el regreso de una ultraderecha rancia que, disfrazada de “protección a la infancia” o “valores familiares”, busca que dejemos de nombrar las cosas que les incomodan: el deseo, la disidencia, la autonomía de nuestrxs cuerpxs, la rabia organizada.
*Ojito: si el filtro de la anterior foto no te detuvo y resulta que eres un facho panista que sigue aquí, lo que estoy diciendo es que considero (YOOOO, YO) que es importante abordar situaciones con amabilidad a que la represión que no da pie a una integración de miradas diversas sostenidas en ternura. La censura no solo va en contenido; es como la supuesta guerra con el narco-armas.
De Foucault al algoritmo
No me canso de hablar del buen Michel, pero es que ya nos advertía sobre el panóptico: esa estructura carcelaria donde el preso nunca sabe si lo están mirando, por lo que termina vigilándose a sí mismx. Evolucionó a cárceles cuidando cárceles, ad infinitum. El Estado dejó de ser quie castiga, porque ahora somos nosotrxs mismxs. Y no para pinches “castigar al Estado”, sino a tu misma famlia, Dewey.
Instagram, Tiktok, Youtube… tú menciona la red que gustes, son el panóptico perfecto. No necesitamos a un policía en la puerta de casa; tenemos un algoritmo que nos susurra: “Si publicas eso, nadie te va a ver y no solo eso: te van a hacer sufrir la decisión de tu forma de existir”. Y entonces, empezamos a autocensurarnos. Cambiamos palabras, usamos emojis absurdos para hablar de s3ggz*, de muerte (hasta suicidio) o de política, y permitimos que nuestra creatividad sea moldeada por el miedo a la invisibilidad, al rechazo y el castigo.
Pura culpa y vergüenza. Ni reír, ni llorar.
Por eso la gen z ya no sube nada a internet, más que a su círculo cercano DISQUE SEGURO. Ya ni baila, ni coge, ni nada en las fiestas, porque qué miedo a la funa. Y se la pasa funando gente a la mínima provocación. Chale.
Esta censura “suave” es, en realidad, creo se siente más violenta que la prohibición directa. Si te prohíben un libro, lo buscas en corto en algún torrent. Pero si te hacen creer que eres libre mientras te reducen el alcance-interacción al mínimo, te hacen dudar de tu propia voz; de tu propio valor. Es una forma de biopolítica: el poder ya no solo decide qué podemos decir, sino cómo debe vibrar nuestro cuerpo para ser “aceptable” en la vitrina digital. Y fuera de ella.
Por eso la homogenización severa que estamos viviendo en distintos niveles. Por eso Pantone sacó que el color del año es “White Cloud Dancer”. Esaperramamada qué, Pantone.
Más allá de lo digital
Aquí es donde te entra la reflexión corporal y espiritual; ábrete bien, si es de tu consentimiento entusiasta.
Mi crush Casilda Rodrigañez ha dedicado su vida a explicarnos cómo la civilización patriarcal se basa en la represión del pulso libidinal, de la energía vital que emana de nuestros cuerpos, especialmente de los úteros y de la capacidad de goce. El sistema patriarcapitalista heterocis monógamo y blanco es anti tantra.
Cuando el algoritmo censura una imagen de un cuerpo real, o un discurso que apela a la soberanía del placer, no solo está prohibiendo contenido audiovisual en tu pantalla. Está intentando desconectar nuestra espiritualidad de nuestra carne. Nos quieren como entidades incorpóreas, productoras de contenido aséptico, “limpio”, funcional al mercado.
La censura atenta contra nuestro bienestar porque nos obliga a fragmentarnos. Nos pide que dejemos nuestra verdad en la puerta para poder entrar a su fiesta; una la cual está bine pinche aburrida, por cierto; se ponen a bailar únicamente aplaudiendo con las manos en lugar de mover la cola.
Pero nuestra libertad no es algo que se pida permiso para ejercer; es algo que se habita. El cuerpo no tiene los mismos “términos y condiciones”. El cuerpo palpita, sangra, desea y se rebvela.
Y esa rebeldía es intrínsecamente política.
Lengua y territorio
La lingüista mixe Yasnaya Elena Aguilar o en el hermoso ensayo de Patrice (próximamente hablaré de la lengua en un ensayo que tengo pendiente) nos enseñan que el lenguaje no es solo una herramienta de comunicación, sino una estructura de poder. ¿Quién elige qué significa algo, la RAE o el pueblo? ¿El presidente o tus amigxs? ¿Qué palabras están premiadas y cuáles están castigadas?
Aguas con lo que piensas. Si se enteran del monstruo que eres con tus pensamientos, la red flag andante, te van a desaparecer.
El Estado (y en este caso, el Estado-Plataforma) intenta homogeneizar todo; más allá de que todas usemos el filtro de “beauty”, es que estés lo suficientemente débil para no ir en contra del poder. La censura actual es una forma de colonialismo digital.
Se nos impone una “lengua estándar” de comportamiento y de estética (algo que no es vulgar, del pueblo; sino que es de “buena educación”). Lo que se sale del canon —lo que es demasiado negro, demasiado queer, demasiado radical, demasiado humano— es marcado como “no recomendable”.
Yasnaya dice que “no se puede descolonizar si no se reconoce el territorio”. Nuestro territorio hoy es también el espacio digital, pero es un territorio ocupado por corporaciones (y puñado de personas-entidades enfermas de poder violento) que tienen agendas políticas claras.
Muchas veces ni disfrazadas, sino que en el cinismo han encontrado comodidad de patearte la cara, porque es el valor tradicional defender a capa y espada lo que es “correcto”. El ascenso de la ultraderecha no es ajeno a esto.
Por eso cuando dicen “relájate, es internet; no es la vida real”, muchas veces me saco de onda; creo que no conciben que también “es vida real”; hay cuerpos que sienten del otro lado.
Los discursos de odio a menudo navegan con bandera de “libertad de expresión”, mientras que los discursos de liberación son silenciados por “infringir la sensibilidad” de quienes ostentan el privilegio verticalizado.
Harry Potter y la cámara de los ecos prohibidos
El algoritmo está diseñado para crearnos una cámara de eco. Y recuerda, hablo de este algoritmo que nos atraviesa más allá de lo digital. Nos muestra lo que ya nos gusta, nos junta con quienes piensan como nosotrxs y nos aísla de la alteridad. Eso no es comunidad; es una secta y una que se viste de blanco, pero es narcoterrorista.
Yo propongo, en cambio, la resonancia circular.
La resonancia no busca que todxs digamos lo mismo, sino que nuestras voces vibren juntas, incluso en el disenso. Es decir, en lugar de que todo mundo nos vistamos pinche “clean look” y nos volvamos “sad beige moms”, tú elige el color que más te guste y hagamos un carnaval horizontal, en donde todxs disfrutemos lo mejor posible; aún cuando me parezca horrible tu ofni.
En un círculo, no hay una jerarquía vertical impuesta por un código oculto; hay una mirada frente a frente. Pecho con pecho. Pelvis con pelvis.
Al mover mi contenido y que tú participes ahí, busco recuperar esa circularidad. Quiero que me leas porque elegiste con deseo entusiasta estar aquí, no porque un algoritmo decidió “recomendarte” entre un video de Tralalero Tralalá y una publicidad de dildos alienígenas gigantes metidos en una bolsa, para que el algoritmo no lo censure.
La censura es un intento de romper esa resonancia; esa circulación. Es ponerle un plástico de fábrica bien apretado a la vibración de la vida para que no ensucie a otrxs.
Si eyacula, que no fertilice y si se desangra a morir, que no salpique.
Porque saben que, cuando nos reconocemos en la palabra delx otrx, cuando sentimos que nuestras luchas espirituales y corporales tienen eco en-con alguien más, nos volvemos peligrosxs… para el status quo. Un cuerpo que no tiene miedo a ser observado, comentado, abrazado, lamido… es un cuerpo que no puede ser controlado.

Cansancio y más cansancio
No sé si notas que todo el mundo está cansado. Todas las personas cada vez están más colapsadas o con mayor facilidad de entrar en ese estado. Esto se relaciona también con la hipervigilancia.
Imagina el grado de tensión en tu cuerpo físico, en tu cuerpo emocional… en tu cuerpo espiritual, por mantener cierta rigidez impuesta. Cierta posición “del deber ser”. Qué cansado.
Insisto, si estás cansadx, estás débil y por ende eres más manejable.
¿Por qué te es-forzarías por defender un sistema que te está matando?
Peor aún, no te termina de matar. Te deja a medio morir, para que le sirvas. Y solo hasta que ya no le sirves, entonces sí te mata. Bueno, te manda a matar y censura la verdad; culpa y castiga a la bala para mantener la fachada de héroe.
Es agotador vivir en esta dictadura de la “buena ondita”. La censura actúa como el filtro definitivo: borra la fealdad del conflicto, borra la profundidad de la herida, borra la suciedad de la resistencia.
Nos tratan (nos tratamos) como a infantes que no pueden lidiar con el escenario y encarnar la ternura. La ultraderecha avanza precisamente porque sabe usar estas herramientas para silenciar la diversidad mientras grita victimismo.
Censurar es un castigo, sí. Pero también es una confesión de debilidad por parte del sistema. Si necesitan silenciarnos, es porque nuestras palabras tienen el potencial de desmantelar sus violencias. Si necesitan esconder nuestrxs cuerpxs, es porque nuestra presencia les recuerda que no somos mercancía.
¿Y entonces qué verga?
Exacto. Yo tampoco sé. Aquí mi invitación a que lo exploremos juntxs. Con todo y todo.
De momento, como ya dije, he decidido que no voy a jugar más a “adivinar qué le gusta al algoritmo” (o las personas). No voy a editar mi alma para que quepa en un cuadrito de 1080×1080 píxeles o para que en tu cabeza sea “una persona ejemplar”. Se vale no estar de acuerdo, pero abracémonos con dulzura. Veámonos como parte de la Unidad.
La censura nunca ha funcionado a largo plazo, ¿o sí?. Las hogueras de la Inquisición solo lograron que las ideas de las brujas se esparcieran con el humo. Los muros de Berlín solo sirvieron para que el deseo de libertad creciera hasta derribar las diferencias. Y este muro de algoritmos y shadowbans solo logrará que busquemos formas más creativas, más humanas y más profundas de encontrarnos.
Invitxs a todxs a salir de la cámara de eco. A que dejemos de ser usuarios para volver a ser personas. A que volvamos a ser pieles que se rozan con cariño. A que le demos resonancia circular a lo que realmente importa.
Porque la libertad no es algo que nos dan las plataformas; es algo que ejercemos cada vez que decidimos nombrar nuestra verdad desde el corazón, a pesar de todo.
Entonces, repito: posiblemente pasaré mucho menos tiempo en redes sociales, cualquier cosa por viaje astral o por CLABE interbancaria (012905027321246538).
Nos vemos en el blog, Telegram, etc. Nos vemos en la vida real. Nos vemos en el pulso de nuestrxs cuerpxs que, afortunadamente, no pueden ser censurados mientras sigan vivos y vibrantes.
Postdata: Te amo. Oye, ¿te interesaría otra edición de “Espejo carnal” para enero 2026? Déjame saber en los comentarios o directo al nuevo grupo de Whatsapp.
Postdata 2: Subiré aquí y en Substack algunos de los reels-tiktoks-post que me han censurado, para no perderlos.
Comparte estas tremendas letras si te sientes sin censura o si tienes la fantasía de armar una verdadera fiesta circulear; total nadie se enterará de cuál es tu caso:
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Acerca de mí
Quizás no soy lo que esperas, pero sí el tantra que necesitas. Las palabras quedan cortas para el caos delicioso e irreverente que encarno. Disfruto mucho bailar, el sexo anal y el arte que escuece. Soy ese suspiro profundo que das antes de decir "a la mierda, lo voy a hacer". Soy un antes y un después sagiescorpiano, así que mejor intuye muy bien si deseas acercarte aún más. ¿Qué más da? Ya nos encontramos. Besuquéate conmigo.







